«Regenerado» es una de las palabras más usadas y menos explicadas del armario contemporáneo. Aparece en etiquetas de cortavientos, bañadores, incluso bolsos — casi siempre junto a la imagen de una red de pesca rescatada del mar o de una botella convertida en hilo. Es una historia real, pero parcial: detrás de la etiqueta hay dos fibras distintas, dos tecnologías distintas, y una escala de difusión mucho más pequeña de lo que la comunicación del sector da a entender. Merece la pena entender qué ocurre de verdad, antes y después del telar.
Dos fibras, dos caminos
El nylon regenerado —la tecnología más conocida se llama Econyl— nace de la despolimerización química de redes de pesca fuera de uso, restos de moqueta y residuos de producción textil: el material se descompone hasta el monómero base y se repolimeriza en un nylon nuevo, químicamente idéntico al virgen. El poliéster regenerado sigue normalmente un camino más simple y difundido: los copos de botellas de PET post-consumo se lavan, se trituran y se hilan de nuevo, con un proceso mecánico menos complejo y más económico que el químico del nylon. Son dos tecnologías maduras, pero parten de residuos muy distintos entre sí.
El número que templa el entusiasmo
Aquí los datos del sector cuentan una historia más prudente que los eslóganes. Según el Materials Market Report 2025 de Textile Exchange, el poliéster reciclado pesa el 12,5% sobre la producción mundial de poliéster —en descenso respecto al 13,6% del año anterior— y el 98% de ese poliéster reciclado nace todavía de botellas de PET, no de prendas descartadas: el reciclaje de tejido a tejido sigue siendo marginal. Para el nylon la cuota es aún más baja: la fibra regenerada representa apenas el 2% del mercado total de la poliamida. Son cifras que no restan valor a la tecnología, pero la ponen en su justa medida: hoy «regenerado» describe más a menudo una botella que se convierte en tejido, no una prenda que se convierte en otra prenda.
Por qué el reciclaje de tejido a tejido sigue siendo raro
El salto más difícil —transformar una prenda vieja en una fibra nueva de la misma calidad— es también el más raro, por un motivo técnico antes que económico: la mayoría de las prendas hoy en circulación están hechas de fibras mezcladas, algodón-poliéster por encima de cualquier otra combinación, y separar esas fibras sin degradarlas sigue siendo un problema abierto a escala industrial. Procesos químicos como el del Econyl funcionan bien sobre un material puro de partida —una red de pesca es casi todo nylon; un jersey mezclado no—. Aquí se juega la próxima fase de la regeneración textil, y también por eso conviene, por ahora, seguir siendo honestos sobre lo que la palabra «regenerado» garantiza y lo que no.
Lo que cuenta de verdad, en la etiqueta
Una prenda de fibra regenerada no es automáticamente una prenda de bajo impacto: depende de la energía usada en el proceso de regeneración, de la distancia recorrida desde el residuo de partida hasta el hilo terminado, y de cuánto tiempo se llevará puesta de verdad esa prenda. Una fibra reciclada cosida en una prenda que dura una temporada desplaza el problema, no lo resuelve. El criterio más sólido sigue siendo el mismo de siempre, con o sin fibra regenerada: la calidad del trabajo y la vida útil de la prenda cuentan más que la etiqueta en la percha.
Es la misma lógica que seguimos también nosotros cuando elegimos un tejido, regenerado o no: cuenta el trabajo que lo transforma en una prenda pensada para durar, no solo la materia prima de la que parte —la misma atención que ponemos en la manufactura de nuestro propio grupo, desde 1979. Una fibra regenerada es un buen punto de partida. El resto lo decide quien la trabaja.